El aire del puerto olía a sal, brea y libertad.
Era una fragancia que Diamond inhalaba con una avidez casi religiosa, sintiendo cómo el peso de Transilvania se desprendía de sus hombros con cada ráfaga de viento marino.
Frente a ella, el barco que la llevaría lejos —primero a una escala técnica y luego hacia su propia muerte ficticia— mecía su casco contra el muelle.
En su mente, el plan era una obra maestra de tragedia: un accidente en alta mar, un bote salvavidas vacío y el fin definitivo de