VICTORIA
Siento mi cuerpo pesado, mis ojos arden, pero no puedo abrirlos del todo; un constante cosquilleo en las palmas de mis manos y pies no me deja asimilar que estoy despertando, pero.
—¡Mi bebé!
Es lo primero que logro decir; no sé si lo grité o si se escuchó como un susurro, es como si hubiera perdido noción de la realidad, pero mi niña nunca podría olvidarla, eso jamás.
—Hola, amiga, ¿cómo te sientes? —Reconozco su voz, es Charlotte.
—Yo…yo yo —tartamudeo, quiero hablar, juro que quiero