Capítulo setenta y cuatro. Cuando las sombras se sientan a la mesa.
El restaurante no figuraba en guías ni recomendaciones. No tenía letrero visible ni reservas abiertas al público. Era uno de esos lugares donde las decisiones importantes se tomaban sin testigos… y sin grabadoras.
Daniel Corso llegó primero.
Traje oscuro, sin corbata. El gesto sereno. Por dentro, cada músculo estaba alerta.
No había ido como esposo.
Ni como padre.
Había ido como el hombre que sabía exactamente con quién se estaba enfrentando.
Eleanor Hale apareció cinco minutos después, envuelta en un abrigo color marfil. Elegante. Impecable. Intocable a simple vista.
—Daniel —saludó, sentándose frente a él sin pedir permiso—. Me sorprende que no hayas enviado abogados.
—No vine a negociar papeles —respondió él—. Vine a hablar de límites.
Eleanor sonrió con lentitud.
—Los límites siempre los impone quien tiene más que perder.
Daniel no reaccionó.
—Entonces hablemos de pérdidas.
— — — — — — — — — — — — — — — — — — — —