Capítulo cincuenta y seis. La certeza más clara de todas.
El mar respiraba en la orilla, susurrando palabras que solo la noche entendía. Kyan seguía arrodillado frente a Nicole, con la caja de terciopelo abierta en su mano, y en los ojos un silencio expectante que lo decía todo.
Ella no se movía. No parpadeaba. No hablaba.
Solo lo miraba.
Entonces, sin previo aviso, sus labios se curvaron.
—Sí —susurró.
Kyan alzó la mirada, como si no hubiera entendido.
—¿Qué…?
—Sí —repitió Nicole, con más fuer