Capítulo cincuenta y siete. Todo nos lo merecemos.
El desayuno en el hotel llegó acompañado del aroma a café recién hecho, pan caliente y risas espontáneas. Millie exigió ocupar el lugar junto a la ventana “porque quería ver si pasaban sirenas en el mar”, y Kyan, como era de esperarse, obedeció con falsa solemnidad.
—No veo ninguna sirena todavía —dijo la niña, sorbiendo el jugo con fuerza—. Pero sí vi una gaviota que parecía enojada.
—Quizá tenía problemas con su pareja —sugirió Nicole, sonrie