Capítulo cuarenta y nueve. El precio de mover las piezas
El parque estaba lleno de risas ajenas cuando Alexandra empujó el columpio de Liam.
—¡Más alto, mamá! —pidió él, con las mejillas rosadas y los ojos brillantes.
Daniel observaba la escena desde el banco, con un café en la mano y una expresión que mezclaba calma y vigilancia. A simple vista, parecían una familia más. Pero nada en sus vidas era simple ya.
—No puedo creer que aún sonrías después de lo de Blackwell —murmuró Carlos, sentándose