Capítulo cuarenta y ocho. Cuando el silencio se rompe
La sala de estar estaba en penumbra cuando Alexandra apagó el televisor.
Las imágenes seguían repitiéndose en su cabeza aun sin sonido: su rostro sereno, la mano de Daniel firme sobre la mesa, la voz de ambos diciendo lo mismo sin ensayar, sin titubear.
La verdad.
No toda… pero la necesaria.
—Ya no hay vuelta atrás —murmuró ella.
Daniel estaba de pie junto a la ventana, mirando Nueva York como si midiera a la ciudad entera.
—Nunca la hubo —respondió—. Solo estábamos caminando hacia este punto.
La entrevista había sido breve. Contundente. Sin lágrimas ni dramatismo.
Un matrimonio que empezó como protección. Un amor que no estaba planeado. Un hijo que no fue una estrategia, sino el centro de todo.
Alexandra se sentó en el sofá y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Mi madre va a reaccionar —dijo—. Y Valeria también.
—Que reaccionen —contestó Daniel, girándose—. Nosotros ya elegimos cómo vivir esto.
Ella lo miró. No como CEO. No como inv