Capítulo dos. El hijo que nadie confesó.
El silencio cayó con un peso brutal, tan espeso que parecía llenar la suite completa.
Daniel no podía mover un músculo. No podía respirar.
Solo podía mirar al niño.
Al niño con su mismo color de ojos.
Con esa mezcla de inocencia y desafío que él veía cada mañana en el espejo.
Una corriente fría le recorrió la columna vertebral.
—Repite lo que acabas de decir —exigió con la voz rasgada, aunque ya lo había escuchado todo.
Alexandra tragó saliva. No se movió. No parpadeó.
—Daniel… él es tu hijo.
La frase se deslizó por la habitación como una sentencia.
Quiso reír. Quiso gritar. Quiso romper algo.
Pero no hizo nada.
Solo avanzó un paso.
La alfombra alfombrada amortiguó sus movimientos, pero su interior era un terremoto.
—¿Cómo te atreves? —espetó sin elevar la voz, que era aún más peligrosa en su tono bajo—. ¿Cómo te atreves a decir eso ahora?
Alexandra cerró los puños.
Por un segundo, pareció que iba a retroceder.
Pero mantuvo la postura.
—Porque