Lucía entreabrió los ojos cuando la luz del sol se filtró por la ventana desnuda. Al instante, se llevó las manos al rostro, como si pudiera borrar las ojeras marcadas que delataban su noche de insomnio. Por más que lo había intentado, el sueño no quiso llegar. Cada vez que cerraba los párpados, veía la imagen de Apolo: sus manos fuertes sujetándola sin que ella opusiera resistencia, y en su propio reflejo se veía como una loba acorralada. Una y otra vez, esa escena se repetía en su mente, como