Al doblar la esquina, el edificio de dos plantas apareció ante ella, al cruzar el umbral, el aroma a hierbas y guiso la envolvió, pero ni siquiera eso logró reconfortarla. Avanzó por el pasillo con la mirada perdida, hasta que una voz cálida y rasposa la sacó de su ensimismamiento.
—Muchachita, ¡llegaste! Hoy sí me vas a acompañar a cenar, ¿verdad?
Era la señora Gloria, la dueña de la residencia, una mujer de cabello canoso y sonrisa maternal que siempre esperaba a Lucía con un plato de comida