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La justicia, descubrió Thiago aquella mañana, no era ciega como proclamaban las estatuas de mármol en los juzgados. Tenía ojos muy abiertos, cuentas bancarias en paraísos fiscales y un precio que variaba según quién firmara el cheque.

El despacho de Lorenzo Castillo ocupaba el piso veintidós de la Torre Reforma, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la Ciudad de México que parecía extender

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