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La luz llegó primero.

No de golpe, sino con esa lentitud particular de los amaneceres que no tienen prisa: una franja pálida entre las láminas de las persianas, luego otra, y después el cuarto entero bañado en ese tono dorado que existe solo en los primeros veinte minutos del día antes de que el sol pierda su gentileza. Ximena lo vio desde la cama sin moverse, con la mejilla apoyada sobre la almohada y los ojos apenas abiertos, y pensó q

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