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Llegó a las diez y cuarto de la mañana, cuando el sol ya había quemado la neblina sobre Paseo de la Reforma y el hotel comenzaba ese movimiento lento de mediodía que tienen los lugares diseñados para que la gente no tenga prisa.

Ximena lo supo antes de abrir la puerta. No porque hubiera escuchado sus pasos —la moqueta del pasillo los absorbía sin dejar rastro— sino porque el teléfono había vibrado doce minutos antes co

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