ILÁN:
Para desconcierto de todos los presentes, mi madre, Amaya, con una agilidad impropia de su edad, atrapó el cabello de Ivory. Sus dedos huesudos se enredaron en las hebras doradas y tiró de ellas con una fuerza violenta e inesperada.
Ivory, sorprendida por el súbito ataque, perdió el equilibrio y cayó al suelo. En un intento desesperado por protegerla, me lancé para atraparla, resultando en un enredo de cuerpos sobre el frío mármol del suelo. Daniel, reaccionando con la velocidad de un rayo, corrió hacia Amaya. Sus manos luchaban por liberar el cabello de Ivory del agarre férreo de su tía. El caos que se había desatado en cuestión de segundos era tan desconcertante como aterrador. En medio de la confusión, Amaya logró sacar unas tijeras de entre los pliegues de su vestido. Sus ojos, inyectados en sangre, brillaban co