ILÁN:
Marina regresó con el botiquín y comenzó a limpiar mi herida con manos expertas y cariñosas. El silencio en la cocina era pesado, como una manta sofocante que amenazaba con ahogarnos a todos. Solo se escuchaba el ocasional siseo de dolor mío, que intentaba contener mis muecas, y los murmullos de Marina, que parecían una letanía antigua y protectora.
—Nana —la llamé al verla murmurar palabras ininteligibles, mi voz teñida de preocupación—. Estoy bien, solo fue un rasguño. Marina levantó la vista, sus ojos oscuros cargados de sabiduría y una seriedad que pocas veces mostraba. Dejó escapar un suspiro profundo antes de hablar, como si estuviera reuniendo el valor para expresar sus pensamientos.—No quiero hablar mal de su madre, niño —dijo de pronto, su tono grave contrastando con el cariñoso apelativ