194. TODO UN DESCONCIERTO

ILÁN:

 Marina regresó con el botiquín y comenzó a limpiar mi herida con manos expertas y cariñosas. El silencio en la cocina era pesado, como una manta sofocante que amenazaba con ahogarnos a todos. Solo se escuchaba el ocasional siseo de dolor mío, que intentaba contener mis muecas, y los murmullos de Marina, que parecían una letanía antigua y protectora.

—Nana —la llamé al verla murmurar palabras ini
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