La expresión de Claudine se descompuso como si Madeleine acabara de clavarle un puñal en el pecho.
Llevó una mano hasta su pecho, completamente escandalizada, mientras sus ojos iban de su hija a Romain y de Romain otra vez a Madeleine, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
Romain, por el contrario, dejó escapar una risa baja, breve, cargada de una ironía que resultó mucho más inquietante que un grito.
Negó lentamente con la cabeza.
—No... —murmuró, todavía sonriendo con increduli