El eco de la puerta de la oficina de Jae-hyun al cerrarse, sellando la partida humillada de Ji-woo, resonó en el aire como un golpe de gong. La figura de Kang Ji-woo, encogida y rota, desapareciendo por el pasillo, dejó una punzada de rabia y desesperación en el pecho de Lee Jae-hyun. Su primer instinto fue seguirla, consolarla, detener el daño que su propia familia le había infligido. Dio un paso, pero la voz helada de su madre lo detuvo en seco. “¿A dónde crees que vas, Lee Jae-hyun?” La voz