Los días que siguieron al beso fueron un purgatorio para Kang Ji-woo y Lee Jae-hyun. El silencio entre ellos era un eco constante del momento prohibido, y cada mirada furtiva era una chispa peligrosa. Ambos se refugiaban en una profesionalidad extrema, un escudo que apenas lograba ocultar la creciente confusión y el dolor. Pero el mundo exterior, ajeno a su tormento interno, seguía girando, y con él, los planes de Choi Seo-yeon se aceleraban. Seo-yeon, con su aguda intuición para las dinámicas