El amanecer se había transformado en un día gris y lluvioso, reflejando el ánimo de Kang Ji-woo. Llegó a su pequeño apartamento, sus piernas aún temblorosas por la adrenalina y el shock. El espejo le devolvió una imagen irreconocible: ojos hinchados de cansancio, mejillas sonrojadas por la vergüenza y el eco persistente del beso en sus labios. Se tocó la boca con la punta de los dedos, como si pudiera borrar la sensación, pero era inútil. El sabor de él, la presión de sus labios, la descarga el