Los días que siguieron al breve pero electrizante roce de manos en la oficina de Lee Jae-hyun se sintieron para Kang Ji-woo como caminar sobre una cuerda floja, suspendida entre el vértigo de una promesa secreta y el abismo de una realidad ineludible. La chispa, que había ardido tan brillantemente en aquel instante, era ahora un fuego fatuo, un recordatorio constante de lo que no podía ser. La imagen de Choi Seo-yeon, perfecta y posesiva en la gala, se superponía a la calidez fugaz de la mano d