El sol de la tarde caía con suavidad sobre el césped húmedo del jardín trasero. Kira había salido con pasos medidos, cumpliendo la rutina que el médico le había indicado: quince minutos de caminata lenta, para mantener la circulación y darle oxígeno a su corazón. Vestía ropa cómoda, una camiseta blanca de Julian que le quedaba grande, y unos pantalones de chándal que apenas se aferraban a su cintura. Su vientre, de veinte semanas, comenzaba a notarse con dulzura.
El aire olía a tierra fresca, a