Después de ayudar a Luka con sus deberes —donde Julian, con genuino interés, descubrió lo brillante que era el niño para los números, resolviendo ecuaciones básicas con una lógica que sorprendía para su edad—, el pequeño se despidió con un bostezo y se fue a dormir. Kira y Julian quedaron solos en la sala, compartiendo una taza de té bajo el tenue resplandor de las luces cálidas. El silencio entre ellos fue largo, pero no incómodo. Era como si sus cuerpos hablaran más que sus palabras.
Julian f