Cuando la noche cayó, Julian la llevó de regreso a casa. Iban tomados de la mano, caminando en silencio, con ese tipo de conexión que no necesita palabras. Sus dedos entrelazados parecían encajar de forma perfecta, como si sus cuerpos recordaran algo que sus mentes aún no se atrevían a aceptar. Kira sentía cada paso como si flotara, con el corazón latiendo en un ritmo irregular, embriagada por la calidez tranquila que Julian le provocaba.
Frente a la puerta del departamento, ambos se detuvieron.