El amanecer se filtró por las persianas como una luz prudente, sin atreverse a invadir del todo. En la habitación de Kira, el silencio estaba lleno de cosas vivas: el latido acompasado en el monitor portátil, la respiración de Julian a su lado, el rumor de una cafetera en la cocina que Sol encendía antes de que Luka despertara. La casa, por primera vez en mucho tiempo, amanecía sin sobresaltos externos, sin el zumbido venenoso de llamadas anónimas, sin pasos extraños tras la reja. Kira abrió lo