Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa noche se pegaba a los vidrios polarizados del coche como una piel ajena. Marcus llevaba el volante sin mover el auto, el motor apagado, los dedos marcando surcos invisibles sobre el cuero. No era el silencio lo que le comía la cabeza, era el eco. En su oído, todavía reverberaba la sirena de la ambulancia; en sus ojos, la imagen de Julian cargando al mocoso como si fuera un trofeo sagrado. Habían entrado. Habían sacado al n







