El viento de la mañana arrastraba un olor a tierra húmeda y a hierba recién despierta. En el jardín, la luz se filtraba entre las hojas como una lluvia dorada, moteando el césped con manchas tibias. Kira estaba sentada en el banco de madera junto al limonero, con los pies descalzos y las piernas recogidas de lado, una mano sobre el vientre y la otra sosteniendo una botella de agua. Luka, a su izquierda, inclinaba el cuaderno sobre la mesa baja que Julian había pintado para él y pasaba el lápiz