El despacho de Karim estaba iluminado por la luz fría de la lámpara de escritorio. Sobre la mesa, informes clasificados, carpetas con sellos rojos y un ordenador abierto con varias ventanas de seguridad. El ambiente olía a café amargo y tabaco, dos compañeros inseparables de sus noches largas.
Un golpe discreto en la puerta anunció la llegada de uno de sus hombres. Era Hassan, siempre preciso, siempre directo. Traía en la mano una tableta con los registros del equipo de vigilancia.
—Señor, tene