El camino fue largo y agotador; cada paso era extremadamente doloroso, pero finalmente llegamos. Eirik y los hombres se detuvieron frente a las enormes puertas del lugar, sus respiraciones pesadas por el cansancio acumulado. Yo, atada de manos, me quedé allí, observando con incertidumbre lo que iba a suceder. Cada segundo que pasaba parecía estirarse interminablemente; era como si el tiempo se hubiera detenido.
Después de unos minutos que parecieron horas, las puertas finalmente se abrieron con