La noche finalmente llegó, y las estrellas junto con las dos lunas iluminaban nuestro camino de manera tenue pero constante. Yo ya estaba agotada; los pies me dolían de tanto caminar, como si estuvieran llenos de fuego. Por lo que podía escuchar, no era la única. Muchos de los hombres también se quejaban en voz baja, agotados como yo.
—Quiero descansar —le dije a Eirik, mi voz cargada de cansancio y frustración.
Él iba unos pasos delante de mí, pero al escucharme, se detuvo y volteó a verme, su