Me levanté con la sensación de que hoy era el día. Mi corazón latía con fuerza, me sentía tan emocionada por al fin conocer a mi hija. Este momento lo había imaginado muchas noches. Miré a Eirik, que dormía plácidamente a mi lado, y lo estrujé un poco para que se despertara, mientras una suave sonrisa aparecía en mi rostro. Él se levantó de un salto de la cama, todavía medio adormilado, pero alerta.
—¿Qué pasó? —me preguntó, alerta.
—Va a nacer —le dije con una sonrisa que no podía esconder. Me