Fui llevada a una habitación oscura y fría. Me ataron con cadenas de pies y manos, como si fuera un animal rabioso del cual debían protegerse. Las cadenas eran pesadas; con cada movimiento sentía el frío metal clavarse en mi piel. Pero lo peor no era eso. Me sentía mal, debilitada de una forma que nunca antes había experimentado. Mi fuerza se había esfumado por completo, y aunque trataba de entender qué me estaba ocurriendo, no encontraba explicación. Era como si algo vital en mí hubiera sido a