Tiana sostenía al bebé con delicadeza, su mirada llena de amor; ella parecía eclipsada por el bebé. Mientras lo alimentaba, sus ojos brillaban con una mezcla de felicidad y orgullo. Yo, en cambio, sentía un nudo en el estómago, una sensación extraña e incómoda que me impedía siquiera mirarlo. Era como si una barrera invisible me separara de esa pequeña criatura que, de alguna manera inexplicable, había regresado de entre los muertos.
—Es hermoso, será igual a ti cuando sea grande —me dijo Tiana