Inglaterra, un mes después.
Los gritos de agonía de Freidys resonaban por todo el lugar. Había llegado el momento de que su hijo naciera, y yo me sentía extremadamente feliz. Pronto, yo controlaría a los dos últimos Imperials, y con ellos, dominaría el mundo entero.
Entré a la habitación donde ella estaba. Freidys me miró con desesperación y me gritó que me largara, pero no moví ni un músculo.
—Deja de gritar, o tu dolor se multiplicará —le advertí con frialdad.
Ella miró hacia la puerta con oj