Scilla amaneció con el cielo bajo y el mar, golpeando las rocas con fuerza. Es el segundo día de lluvia y Caterina empieza a sentirse igual que el mar, triste, melancólica, sin ganas de hacer nada y muy cansada.
—Vamos, dormilona, tenemos que ir al entierro de Enzo. — Caterina se da media vuelta y Rocco lanza sobre ella el vestido recto y sobrio negro que las chicas del aseo le acaban entregar.
—¿En serio? No quiero sonar mal educada, pero son las siete de la mañana y ll