Caterina nunca imaginó que el viento pudiera sonar así, como si se llevara consigo las palabras que no logró decirle, los besos que no pudo darle, las sonrisas que no pudo regalarle.
El cementerio está lleno, abarrotado de trajes oscuros, miradas duras y silencios que pesan más que las coronas de flores que rodean el ataúd. Todos han venido por él, por el hombre que en vida fue temido, respetado, amado y en algunos momentos odiado, pero nunca ignorado.