Callie no durmió.
Se arrodilló donde él le había ordenado la noche anterior, con la espalda recta, las manos apoyadas en los muslos, el suelo de piedra gélido a través de la fina tela. El tiempo transcurrió en fragmentos inciertos: respiraciones contadas, músculos temblorosos, pensamientos que volvían a la misma verdad insoportable.
Podía dejarla así.
Y ella se quedaría.
La puerta se abrió sin ceremonias.
Darian entró en la cámara como un veredicto.
Al principio no la miró. Cruzó la habitación lentamente, quitándose los guantes con deliberado cuidado, dejándolos a un lado como si este momento hubiera sido planeado mucho antes de que ella se arrodillara allí.
"Mantuviste la posición", dijo al fin.
"Sí, mi Rey".
Su voz tembló. Odiaba que le agradara.
Se detuvo frente a ella.
"Mírame".
Ella levantó la vista.
La forma en que la observaba no era hambre, todavía no. Era algo más frío. Algo evaluador. Como si estuviera midiendo cuán profundamente sus palabras se habían grabado en ella.
"Exis