El palacio nunca estaba en silencio.
Incluso antes del amanecer, respiraba: pasillos de piedra que susurraban con pasos desvanecidos hacía tiempo, paredes que guardaban secretos como una segunda piel. Callie se movía con precisión, una bandeja en equilibrio en las manos, la mirada baja, postura firme.
Dondequiera que iba, lo sentía.
Observando.
No la mirada obvia de guardias o sirvientes, sino algo más profundo: una consciencia que persistía incluso cuando estaba sola. Como si el palacio mismo informara de sus movimientos a su rey.
Había aprendido a no inquietarse.
A no apresurarse.
A no traicionarse.
Aun así, su cuerpo vibraba con una energía inquieta que no podía extinguir.
Pasó bajo un arco abovedado y lo sintió de nuevo: esa sutil presión en la espalda, como calor sin llama.
Darian no era visible.
Pero ella lo sabía.
Lo sintió antes de oírlo.
Un cambio en el aire. Una opresión en el pecho. Sus pasos se ralentizaron instintivamente al entrar en la antecámara, frente a la sala del c