El palacio nunca dormía del todo.
Incluso a las tres campanadas de medianoche, cuando los pasillos deberían estar vacíos salvo por algún que otro guardia nocturno, las mismas piedras parecían respirar secretos. Callie se movía por el ala oeste inferior como una sombra: descalza, vestida únicamente con la fina túnica de seda negra que Darian había dejado doblada a los pies de su cama antes de levantarse para un consejo nocturno. La tela se pegaba a su piel húmeda de sudor, el dobladillo rozándol