Callie supo en qué momento la observaba.
No fue el sonido de pasos ni el cambio de aire lo que lo delató. Fue la forma en que su cuerpo se tensó sin previo aviso, la respiración entrecortada como si sus pulmones hubieran recibido una advertencia antes de que su mente pudiera reaccionar.
Se encontraba en el salón exterior, puliendo la larga mesa que se usaba para las reuniones del consejo; la luz de la mañana se filtraba oblicuamente a través de las altas ventanas arqueadas. Otros sirvientes se movían a su alrededor, silenciosa y eficientemente, pero se sentía sola.
Porque él estaba allí.
Darian estaba de pie cerca de una de las columnas, medio en la sombra, con los brazos cruzados a la espalda. No habló. No se movió.
Simplemente observaba.
Callie mantuvo la cabeza gacha, la tela moviéndose con firmeza sobre la superficie pulida, cada movimiento cuidadoso. Podía sentir su mirada recorriéndola, no consumida, no apresurada, sino deliberada, evaluadora.
Como una lección continua sin palab