El palacio despertó con el sonido de campanas lejanas que anunciaban la hora de la audiencia del mediodía: formal, ceremonial, el tipo de reunión donde cada gesto cargaba con el peso de la política y cada silencio escondía cuchillos. Darian había elegido ese día deliberadamente. Después del baile, después de las amenazas oídas en la cámara del consejo, después de que la palabra compañera se hubiera grabado a fuego en el alma de Callie, necesitaba ver hasta dónde llegaba su obediencia cuando lo que estaba en juego ya no era privado.
La convocó a su solar al amanecer.
Llegó todavía sonrojada por la noche anterior: la piel marcada con tenues huellas dactilares en las caderas, los pezones sensibles por su boca, el centro dolorido por el recuerdo de cuántas veces le había negado la liberación solo para concederla en oleadas demoledoras. No la dejó hablar.
Simplemente le entregó una pequeña bolsa de terciopelo.
"Ábrela".
Dentro había un tapón liso de obsidiana, ensanchado en la base, sujeto