6

La pulsera de Kiya ardía en la mano de Neferet como si estuviera maldita.

Habían pasado tres días desde que Amenhotep se la entregara, y cada noche ella la sostenía bajo la luz de las lámparas de aceite, estudiando los jeroglíficos grabados en el oro como si pudieran revelar los secretos que su dueña se había llevado a la tumba. Los símbolos eran delicados, femeninos: flores de loto entrelazadas con el nombre de la difunta esposa del príncipe. Pero había algo más. Una inscripción en la parte interior, tan diminuta que Neferet apenas podía distinguirla.

Para mi hermana del alma, que siempre me protegerá. Satiah.

Ese nombre resonó en su mente como el eco de una campana. Satiah no era solo un fantasma del pasado; según los registros que Neferet había visto tras sobornar a un escriba, aún vivía. Más aún, residía en palacio como dama de compañía de una de las concubinas menores del faraón.

Antes del amanecer, Neferet se vistió con una túnica sencilla de lino blanco que no delataba su rango. Los pasillos del palacio estaban silenciosos a esa hora, apenas interrumpidos por el murmullo de los sirvientes que iniciaban sus labores. La noche anterior, Neferet había pagado diez anillos de plata a una doncella de las cocinas a cambio de información sobre los hábitos de Satiah y la promesa de un encuentro aparentemente casual en los jardines del patio interior.

Encontró a la joven junto a la fuente de mármol negro, donde los nenúfares flotaban como pequeñas estrellas sobre el agua. Satiah era más joven de lo esperado, quizá de la misma edad que Neferet. Llevaba el cabello negro recogido en una trenza elaborada y poseía unos ojos que revelaban más dolor del que su juventud debería permitir. Su belleza era evidente, aunque distinta de la que Neferet imaginaba en Kiya; donde la difunta esposa debía haber sido dulce y delicada, Satiah emanaba una elegancia fría y controlada.

—Lady Neferet —la saludó sin sorpresa—. Esperaba que vinieras a buscarme eventualmente.

La joven futura princesa se sentó en el borde de la fuente, manteniendo cierta distancia.

—¿Esperabas? ¿Por qué?

—Porque tienes la pulsera de mi hermana —respondió Satiah, con los ojos fijos en el oro que captaba la luz matutina—. Y porque, según los rumores, haces las preguntas que nadie más se atreve a hacer.

Un silencio tenso se extendió entre ambas. Satiah arrancó un pétalo de una flor cercana y lo dejó caer al agua, observando cómo flotaba lejos.

—¿Es cierto? —preguntó Neferet finalmente—. ¿Kiya estaba embarazada cuando murió?

Los ojos de Satiah se endurecieron, pero no apartó la mirada.

—Tres meses —susurró—. Me lo confesó una semana antes de morir. Estaba aterrorizada. No por el embarazo, sino por algo más.

Neferet sintió un escalofrío ascender por su columna.

—¿Por qué?

—Alguien la había amenazado —respondió Satiah, poniéndose de pie abruptamente y caminando hacia las columnas del patio—. Una noche vino a mis aposentos, temblando como una hoja. Me dijo que alguien le había susurrado: “Ese niño no puede nacer”. Cuando intenté preguntarle quién había sido, se negó a decírmelo.

La frase Ese niño no puede nacer resonó en la mente de Neferet con una malevolencia casi palpable.

—¿Crees que murió por eso? ¿Para impedir que diera a luz?

—Lo sé —afirmó Satiah, volviendo hacia ella con la rabia latente bajo su compostura elegante—. Mi hermana no se ahogó por accidente. La mataron. A ella y al hijo que llevaba.

—¿Amenhotep lo sabe? —preguntó Neferet, inquieta.

Una risa amarga escapó de los labios de Satiah.

—El príncipe dirá que la amaba. Que habría hecho cualquier cosa por protegerla. Pero el amor no la salvó, ¿verdad? —Se acercó más, sus ojos brillando con intensidad peligrosa—. Él estaba en Memphis cuando ella murió. Muy conveniente, ¿no crees?

Neferet se irguió, indignada.

—No insinúes lo que creo que insinúas. Amenhotep jamás le habría hecho daño.

—¿No? —Satiah sonrió sin humor—. Entonces explícale al mundo por qué no ha buscado venganza. Por qué no ha movido cielo y tierra para encontrar al asesino. Por qué se conformó con casarse contigo tan pronto después.

Las palabras golpearon a Neferet como bofetadas, pero ella se negó a retroceder.

—Está destrozado. Intenta seguir adelante.

—O sabe exactamente quién la mató y por qué no puede hacer nada.

Satiah empezó a alejarse, pero se detuvo bajo las columnas.

—Ten cuidado, Neferet. El palacio consume a las mujeres como nosotras. Y los hombres poderosos... tienen formas de deshacerse de los problemas.

Sus palabras persiguieron a Neferet durante toda la mañana, incluso cuando se dirigió al Gran Salón para enfrentar la humillación diaria de Lady Tiy.

La lección de baile ceremonial estaba programada para media tarde, en el momento en que el calor hacía sudar incluso a las piedras. Lady Tiy había convocado a toda la corte para presenciar la “educación” de Neferet. Dos docenas de cortesanas se acomodaron en cojines de seda, abanicándose mientras esperaban.

—Los bailes ceremoniales requieren gracia, precisión y respeto por la tradición —declaró Lady Tiy con su voz resonante—. Cualidades que nuestra futura princesa debe aprender desde el principio.

Las risitas la siguieron mientras se situaba en el centro del salón. El maestro de baile, un hombre mayor con cicatrices rituales, mostró los movimientos básicos: pasos medidos, brazos curvados como ramas de sauce, giros fluidos como el Nilo.

Pero el cuerpo de Neferet no cooperó. Cada movimiento se sentía forzado. Al intentar el primer giro, sus pies se enredaron y casi cayó. Esta vez, las risas fueron abiertas.

Lady Tiy no intervino; la satisfacción era evidente en su mirada.

Entonces algo cambió en Neferet.

No voy a darles esa satisfacción.

Cerró los ojos y dejó que la música la envolviera, pero esta vez abandonó los movimientos rígidos. Recordó las danzas de los mercados de Tebas: vivas, apasionadas, llenas de tierra, río, y vida. Incorporó esos elementos al baile ceremonial, transformándolo en algo vibrante y real.

Cuando la música cesó, el silencio fue absoluto.

Desde el fondo, unos aplausos lentos rompieron la quietud. El faraón había entrado sin que nadie lo notara, sonriendo con genuino placer.

—Esto sí es arte —anunció—. Finalmente, alguien entiende que la danza necesita alma, no solo técnica.

Lady Tiy palideció.

—Su Majestad, aún necesita aprender las formas apropiadas…

—Las formas se enseñan —la interrumpió—. La pasión no. —Miró a Neferet—. Bien hecho, hija de Khenti. El linaje no lo es todo.

Tras la retirada del faraón, Neferet permaneció sola, recuperando el aliento. Por primera vez desde su llegada al palacio, sintió que había ganado respeto.

Más tarde, cuando cayó la noche, Amenhotep llegó a buscarla.

La encontró en su terraza. Él observaba el río bajo la luz de la luna, vestido con una simple túnica blanca, sin insignias reales.

—He oído que causaste sensación —dijo sin volverse.

—Tu madre no estaba complacida.

—Mi madre casi nunca lo está —respondió, sonriendo con orgullo—. Pero mi padre dice que tienes el espíritu de una reina.

Las palabras la calentaron, pero había algo más urgente.

Neferet le mostró la pulsera.

—Necesito preguntarte sobre el bebé.

La expresión de Amenhotep cambió. La vulnerabilidad se desvaneció, reemplazada por un dolor contenido.

—¿Qué bebé?

—El que Kiya llevaba al morir.

El príncipe se apartó hacia las sombras.

—¿Quién te lo dijo?

—¿Importa? Es cierto, ¿verdad?

Finalmente, él asintió.

—Sí. Tres meses. Iba a ser padre.

El golpe fue fuerte para Neferet, aunque lo esperaba. Su rostro mostraba un dolor sincero, imposible de fingir.

—¿Alguien más lo sabía? —preguntó ella.

—No debería. Pero alguien la amenazó. Le dijeron que el niño no podía nacer.

—¿Quién?

—No lo sé —respondió con la voz quebrada—. Esa es la verdad que me está destruyendo. No sé quién mató a mi esposa ni a mi hijo... ni por qué.

Neferet se acercó lentamente.

Amenhotep continuó, con la voz rota:

—Iba a enseñarle a cazar. A montar. A leer los jeroglíficos antiguos... Tenía tantos planes…

Ella lo abrazó, sintiendo cómo el príncipe temblaba mientras por fin permitía que el dolor lo venciera. Permanecieron así largo tiempo, mientras el Nilo murmuraba en la noche.

Cuando se separó, los ojos del príncipe estaban enrojecidos.

—Gracias —dijo—. Nadie me ha permitido estar triste.

—Tienes derecho a llorar por ellos.

Él tomó el rostro de Neferet entre sus manos, acariciando sus mejillas con ternura.

—No sé qué hice para merecerte.

Y entonces, sus labios encontraron los de ella en un beso distinto a todos los anteriores.

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