A Neferet le tomó seis días en palacio comprender que no era una jugadora, sino una pieza. La revelación había llegado mientras observaba desde las galerías superiores el juego de senet que Amenhotep y su hermano Seti disputaban cada tarde en la terraza occidental. El silencio entre ambos príncipes no ocultaba la precisión calculada de sus movimientos, tan parecida a las maniobras de los cortesanos que se movían por los pasillos del palacio como sombras estratégicas. El narrador sabía —aunque N