El campo de batalla quedó en silencio absoluto mientras Ankhesenamun se movía como bailarina guerrera tocada por los dioses mismos, su espada trazando arcos de luz dorada que no deberían existir en el mundo mortal.
Tutankhamun observaba desde la línea de soldados, paralizado por una mezcla de terror y fascinación. La mujer que amaba había llegado al campamento apenas una hora antes, cubierta de polvo del camino, con ojos ardiendo de determinación férrea. Había exigido enfrentar a Hattusili en c