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La mañana llegó cargada de calor seco y el olor persistente del incienso que los sacerdotes quemaban en los templos cercanos desde antes del amanecer. Neferet estaba sentada frente a la mesa de ébano en su salón privado, con los codos apoyados sobre la superficie pulida y los dedos entrelazados bajo el mentón, estudiando a la mujer que tenía enfrente como si fuera un pergamino en un idioma que apenas comenzaba a descifrar.

Henuttawy no se parec

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