Mundo ficciónIniciar sesiónLos médicos me dijeron que tenía dos opciones: salvarme a mí o salvar a mi hijo. No podía tener ambos.
El médico real Nebamun se inclinó sobre mi lecho con expresión sombría, sus dedos arrugados sosteniendo un pequeño frasco de vidrio que contenía un líquido dorado. A su lado, otros tres sanadores del palacio aguardaban en silencio, sus rostros marcados por la gravedad del momento. La habitación olía a incienso medicinal y a algo más sutil: el miedo.
—Majestad —dijo Nebamun con voz cansada—, hemos completado nuestro examen. El veneno en vuestro sistema es más sofisticado de lo que inicialmente creíamos.
Amenhotep se acercó a la cama desde donde había estado paseando junto a la ventana. Su rostro, que apenas había comenzado a mostrar las líneas del poder real, ahora parecía envejecido por la preocupac







