La puerta volvió a crujir. Noctara ya no corrió: se lanzó. Su cuerpo era pura tensión y puro instinto, un arma viva en movimiento. Thallia seguía aferrada a ella, temblando, con la respiración hecha un hilo. Por un instante, al cruzar el umbral, la noche pareció normal. El aire frío, las farolas, el empedrado húmedo…
Pero nada estaba normal.
La luz temblaba.
Los sonidos se distorsionaban.
El viento retrocedía, como si evitara ese tramo de la calle.
Y entonces Thallia lo dijo en voz muy baja:
—H