La noticia del estruendo en el Gran Consejo no tardó en llegar hasta los aposentos donde Rhaziel descansaba. Aunque aún frágil, su figura ocupaba ya una silla junto a la ventana; la venda en su costado recordaba lo reciente del peligro, pero en sus ojos ardía la misma intensidad que antes de la flecha envenenada. Kael y Dorian permanecían a distancia prudente, vigilantes como siempre, pendientes de cualquier sobresalto que pudiera desatarse.
Risa subió las escaleras con paso decidido, acompañad