Día 2: El desgaste
El amanecer del segundo día llegó gris y húmedo. La neblina del río Helden cubría los campos como un velo espeso, y los estandartes de Rhaziel ondeaban apenas visibles tras la lluvia nocturna. El ejército despertaba agotado: hombres con vendajes improvisados, caballos respirando pesadamente y armaduras cubiertas de barro y sangre seca.
La fortaleza, imponente sobre la colina, permanecía intacta. Sus muros, ennegrecidos por el fuego del día anterior, aún resistían como si n