El pasillo del ala norte era silencioso, envuelto en una tenue penumbra. Las antorchas chispeaban suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los muros de piedra.
Thallila caminaba tras Risa, sujetando con cuidado el pequeño cofre de madera que contenía los amuletos y sellos personales de Noctara.
Su corazón seguía agitado. No entendía por qué.
Desde que había cruzado la mirada con aquel hombre —ese guerrero de ojos de acero y alma en llamas—, algo dentro de ella había cambiado.
“Adrian…” p