La luna colgaba alta sobre el castillo, bañando las almenas en un resplandor plateado. La batalla del banquete aún resonaba en los corredores: guardias recogiendo escombros, sirvientes limpiando manchas de sangre, y el eco de los llantos por los caídos.
Rhaziel se encontraba solo en el patio interior, mirando el cielo con los puños apretados. Su rabia hervía bajo la piel, pero el recuerdo de la súplica de Risa —“no habrá muertes en mi nombre”— le mantenía sujeto a una calma frágil.
Una brisa he